miércoles, 6 de junio de 2012

Prisión a la orilla del mar


Cuando tenía unos quince años, leí dos historias fabulosas... una que hablaba de cómo escuchar la música de cámara y describía una casa apartada en el campo, un cuarteto de cuerdas, un estado especial del espíritu... y a medida que uno lo leía se veía allí. Nunca más pude encontrarlo, demás está decir que olvidé el nombre de quién lo escribió, si era hombre o mujer ... recuerdo que el libro era una antología. Quién sabe, quizás algun día nos "re-encontremos". El otro es esta maravillosa obra llamada "La prisión a la Orilla del mar" de Amado Nervo. A mí me llega al alma y la atraviesa, espero puedas compartir conmigo:

LA PRISIÓN A LA ORILLA DEL MAR 

A ANTONIO DE ZAYAS 

En San Sebastián hay una cárcel a la orilla 
del mar. 

En otros muchos puertos he visto grandes 
prisiones a la orilla del mar. 

Parece como que una prisión a la orilla del 
mar debiera ser la mejor de las prisiones. Pero, 
bien considerado, es la más cruel. 

Imaginaos una torre sobre una roca, a la orilla
del mar. En esa torre hay un prisionero, como 
los que vemos en ciertas decoraciones de ópera 
romántica. Sólo que aquí no es tenor ni canta 
con acompañamiento de orquesta. 

... A menos que forme la orquesta el perenne rumorar de las olas, que al romper en la roca 
fingen el ruido de un gran manto de seda que se 
desgarra. 

En el calabozo de este hombre hay una ven- 
tana, sólidamente enrejada, desde la cual se ve 
el océano. 

El prisionero ¿qué otra cosa ha de hacer sino 
mirar? 

Mira, pues, mira siempre, mira sin hartarse, 
aquella cambiante movilidad de las olas, a quie- 
nes las varias luces del día visten mejor que es- 
tán vestidas las emperatrices. 

Mira sin cesar el prisionero; y a fuerza de 
mirar y remirar, en sus ojos hay algo del océa- 
no. El color de sus pupilas es el color mismo 
del mar. 

En esas pupilas siempre abiertas se copia el 
eterno paisaje. 

Si un alma piadosa se asomase a esas pupilas, 

vería en ellas vuelos de gaviotas y desfiles de 

naves; espuma de olas, abajo; espuma de nubes, 

arriba. 
¿Concebís vosotros ahora la angustia de este 

prisionero? 

Nada hay que evoque más imperiosamente la 
idea de la libertad que el mar. 

¡El mar es libre! ¡El mar es de todos! He aquí 
la conclusión a que el mismo derecho interna- 
cional público llegó después de aquella ruda 
lucha entre los juristas holandeses y los ingle- 
ses, que en su orgullo querían enseñorearse de 
las olas. 

¡El mar es libre! ¡El mar es nuestro! ¡Es de to- 
dos nosotros! 

El prisionero que desde una ventana de su 
celda contempla un paisaje terrestre no puede 
sentir estas angustias de libertad que muerden 
las entrañas del otro. 

Lo que mira: los muros de las casas vecinas, 
los predios limitados, las tierras de labranza di- 
vididas, las montañas que cierran el horizonte, 
toda ello le circunscribe el pensamiento, le su- 
giere ideas de frontera, de confín, de restricción 
de derechos ajenos. 

Mas el preso que desde la ventanilla de la to- 
rre ve el mar, y encima el espacio, tiene que 
sentir el vértigo de la libertad y del infinito. 

A sus pies se extiende ese gran camino que 
lleva a todas partes... 

En el pedazo de cielo que abarcan sus ojos, 
lanzando gritos salvajes, revuelan las gaviotas: 
¡Las gaviotas, cuyas poderosas alas nunca se 
fatigan de seguir a los barcos; las gaviotas, ami- 
gas de las tormentas; las gaviotas, otro símbolo 
de la libertad! 

Más arriba, pasan, como fantasmas blancos o 
grises, las nubes libres, las nubes que nunca se 
detienen, las incurables errantes; y abajo, sobre 
el moaré de las olas, se hinchan al viento las 
velas de lona. 

¡También ellas se van! 

Por la noche, los ojos insomnes distinguen 
entre las tinieblas una viva sucesión de puntos 
luminosos, intervalados de sombra; parecen un 
gran gusano de luz que camina... 

Es un trasatlántico que se marcha. 

Cada uno de esos puntos luminosos es un ca- 
marote, en el que leen, piensan, conversan o sue- 
ñan, seres que parten muy lejos, a grandes ciu- 
dades cuyos palacios se reflejan sobre el cristal 
de lejanas riberas, donde hay músicas, y fiestas, 
y mujeres que pasan... 

Y cuando en la soledad del ponto no apare- 
cen ni vapores, ni velas, ni gaviotas ni nubes, 
los dilatados ojos del prisionero verán la onda, 
la onda incansable que, impulsada por la dis- 
tante influencia del sol y de la luna, va y viene 
de playa en playa, de roca en roca, siempre 
ágil, siempre sonora, siempre errante, y siempre 
libre. 

Y pienso en estas cosas al ver la cárcel som- 
bría y pesada, a la orilla del mar... jY pienso 
también que mi alma es como ese prisionero 
que está encerrado en una torre, a la orilla 
del mar! 
__________

Piedra negra...


 
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